jueves, 17 de marzo de 2011

Los 50 kamikazes de Fukushima




De Hiroshima a Fukushima pasando por Chernóbil. El mundo se vuelve a asomar al abismo de una catástrofe nuclear y, una vez más, lo hace en Japón. El único país que ha sufrido en sus propias carnes la detonación de dos bombas atómicas – en Hiroshima y Nagasaki al término de la Segunda Guerra Mundial – se enfrenta ahora a una peligrosísima fuga radiactiva en la central de Fukushima, a 250 kilómetros al noreste de Tokio. Se trata ya del peor accidente nuclear tras el desastre de Chernóbil, la planta de la extinta Unión Soviética que propagó una nube tóxica por el norte y centro de Europa y aún hoy sigue provocando tumores malignos y horrendas malformaciones genéticas.

Por tercer día consecutivo, ayer hubo una explosión en otro de los seis reactores de la central de Fukushima – en este caso el número 2 – y se declaró un incendio en el número 4. Cuando los bomberos apagaron el fuego, descubrieron dos grietas de ocho metros cuadrados en la vasija del reactor, por donde podrían volver a escaparse nuevas fugas. “¿Qué demonios está ocurriendo?”, les gritó enfadado el primer ministro, Naoto Kan, a los responsables de la compañía que gestiona la central, Tokio Electric Power Co. (TEPCO), por la tardanza en ser informado.

Estos siniestros, unidos a los estallidos de días anteriores en los otros dos reactores, han formado una nube radiactiva que llegó anoche a Tokio. Aunque las autoridades insisten en que los niveles de contaminación son bajos y no entrañan un riesgo para la salud, en la capital nipona se ha desatado el pánico y miles de personas han hecho acopio de víveres, agua, máscaras, mantas, sacos de dormir, linternas y velas.

En un dramático discurso televisado, el primer ministro admitió que “los niveles de radiación se han elevado de manera considerable” y ordenó que toda la población en unos 30 kilómetros a la redonda de la central de Fukushima – unas 140.000 personas – permanezcan encerradas en sus casas y con las ventanas selladas. Según el Gobierno nipón, los niveles de radiación en las cercanías de la planta llegaron a ser entre 100 y 400 veces superiores a lo permitido después del escape. “Estas cifras pueden afectar a la salud, de eso no hay duda”, reconoció el portavoz del Ejecutivo, Yukio Edano, quien luego anunció que la radiactividad había bajado por la noche en la central atómica, en Tokio y en la vecina ciudad de Chiba.
Héores anónimos que se juegan la vida

De los 800 empleados que estaban intentando a la desesperada enfriar los reactores de la central, ya sólo quedan 50. Son los “liquidadores”, auténticos héroes anónimos que se están jugando la vida en una lucha titánica por paliar una tragedia que se antoja ya irreversible, y que en los próximos días no tiene visos de mejorar, sino de empeorar.

El Ejército japonés ya ha instalado mangueras para refrescar las torres de los reactores, cuyos muros de hormigón han saltado por los aires en las explosiones, y ha pedido ayuda a Estados Unidos para que helicópteros militares viertan agua sobre ellos. El principal peligro es que alguno de los reactores afectados se funda y provoque una explosión atómica de proporciones bíblicas.

A la devastación del terremoto y el tsunami del viernes, que barrió la costa noreste de Japón y ha dejado más de 10.000 muertos, se suma ahora un apocalipsis nuclear que no habrían imaginado ni los mejores cómics “manga”. “Hablamos de apocalipsis y creo que la palabra está muy bien elegida porque las autoridades japoneses han perdido el control de Fukushima”, sentenció el comisario de Energía de la Unión Europea, Günther Oettinger, ante una comisión parlamentaria en Bruselas.

Por su parte, la Autoridad para la Seguridad Nuclear de Francia elevó la gravedad del siniestro al sexto nivel en la escala internacional de accidentes atómicos. La Administración nipona lo sigue situando en el nivel 4. Por encima, en el nivel 5, aparece la tragedia acaecida en 1979 en Three Mile Island (Pensilvania), la central americana cuyo núcleo se fundió liberando gran cantidad de material radiactivo.
El viento es clave

De los seis reactores con que cuenta la planta de Fukushima, cuatro han sufrido graves problemas y los otros dos han experimentado una peligrosa subida de las temperaturas. Aparte de las labores contrarreloj para enfriar los núcleos, el destino de la fuga radiactiva dependerá en gran parte del viento, que anoche soplaba en dirección suroeste hacia Tokio pero en los próximos días está previsto que cambie hacia el este, es decir, al Océano Pacífico y sin alcanzar a zonas de población en Japón u otros países cercanos.

También influirán las réplicas del seísmo de 9 grados del viernes, que se vienen repitiendo por centenares. Prácticamente cada media hora, la Tierra vuelve a temblar en Japón, que sufre desde sacudidas suaves que balancean los edificios hasta violentas convulsiones que hacen temblar las paredes y el suelo. Anoche, un temblor de magnitud 6 dejó al menos dos heridos y dañó algunos sistemas eléctricos en Shizuoka, al suroeste de Tokio, sin contar sus posibles efectos sobre las debilitadas centrales nucleares.
Críticas al Gobierno

A todo ello se suma que, después de varios días de informaciones escasas, parciales y en ocasiones hasta contradictorias, los japoneses no las tienen todas consigo y dudan de las llamadas a la calma del Gobierno. Con una evidente falta de transparencia, el Ejecutivo de Naoto Kan parece noqueado por la triple catástrofe que ha asolado a Japón (terremoto, tsunami y radiactividad) y ni siquiera ofrece planes alternativos como la construcción de un sarcófago para cubrir los reactores dañados.

Tampoco juega su favor la imagen que los japoneses tienen de la compañía eléctrica TEPCO, ya que su presidente tuvo que dimitir en 2002 junto a otros cuatro ejecutivos tras reconocer que habían falseado los informes sobre sus instalaciones. Junto con la radiación, se ha disipado también la imagen de eficiencia y seriedad de Japón, uno de los países más ricos y tecnológicos del mundo.

A pesar de su desarrollo y modernidad, su electricidad depende de centrales como la de Fukushima, la primera del país porque empezó a funcionar hace 40 años. Un riesgo más que evidente porque, como ha dejado de manifiesto este accidente, el archipiélago nipón se asienta sobre una de las zonas sísmicas más inestables del planeta y al riesgo de terremotos se añaden los cada vez más violentos tsunamis.

“Esto es como la tercera bomba atómica sobre Japón. La diferencia es que esta vez lo hemos hecho nosotros mismos”, señaló Keijiro Matsushima, un superviviente de 82 años de Hiroshima.


Fuente :ABC